GUSTAVO RUIZ BRETON

Hablar de la historia lejana de Agua Prieta es tener a flor de piel al Tatay. Image

GUSTAVO RUIZ BRETÓN

EL TATAY



                                                                                              Hablar de la historia lejana de Agua Prieta es tener a flor de piel al Tatay. 


El sobrenombre nació de la boca de su hermanita y se le quedó para siempre.


Entre los recuerdos que más le llegan está el día en que, doña Ana Luisa Bretón, su mamá le dijo que ya no iría más a la Vicente Guerrero. Escuela donde aprendió sus primeras letras y leyó palabras inolvidables. Su mamá que lo adoraba sabía que tenía que ir a Douglas para aprender inglés. Las monjas de la Loreto dejarían su huella como en todos los niños de Agua Prieta. La noticia, de que iba a cambiar de escuela, le cayó como baldazo de agua fría pero no tuvo más que acatarla. 


En aquellos tiempos Agua Prieta y Douglas eran un solo entorno. Agua Prieta contaba con menos de 15mil habitantes. Gustavo contaba con apenas 12 años cuando todos los días tomaba su bicicleta y se iba a recoger el periódico que repartía en la dos ciudades. Hoy día se le llena la cara de alegría cuando te explica  cómo  doblaba cada periódico para poder aventarlos por todos los jardines de las familias que previamente lo habían comprado. Esos fueron sus adorable teens. Era muy amiguero, Carlos Valenzuela y Claudio Munguía lo han acompañado toda la vida. 


Por esos años no era muy común la amistad entre niños y niñas. Mucho menos cuando ya eran jovencitos, sin embargo como él y la píldora Balaguer eran hijos de dos compadres, desde niños fueron muy amigos. Deben haber  hecho algún pacto de sangre porque a la fecha no se conciben uno sin el otro. Se hablan a diario. Comen juntos todos los jueves en casa de la píldora.


La esquina de la calle primera y la avenida seis ha sido su punto de partida. Ahí lo dio a luz doña Chata. Ahí creció, ahí sufrió todos sus castigos y los sinsabores de la vida. Ahí se sembró su cordón umbilical y de ahí nadie logra moverlo.


Intentó estudiar en Arizona su carrera pero cuando conoció Guadalajara no le quedó la menor duda y se fue al ITESO, años que recuerda como los mejores de su vida. Los jesuítas lo hicieron libre y le afianzaron los intrumentos que lo llevarían a vivir su vida.


Probó establecerse en la cdmx, en Buenos Aires y Guadalajara. Pero extrañaba su casa, a la píldora, a Rosa Bertha y a todo ese mundo provinciano que llevaba grabado en el corazón. La zona rosa casi lo conquistaba en definitiva pero un buen día tomó sus bártulos y regresó a la calle primera.


Su papá, el chejo Ruiz Elías, que lo conocía como la palma de su mano lo ayudó a instalar la primera agencia de viajes que hubo en Agua Prieta / Douglas. Ya para esas alturas conocía a gente de Aeroméxico y sus primeros viajes a Europa le habían abiertos los ojos a otros horizontes. Invitó a esta empresa a sus grandes amigas y juntos, durante 10 años, fueron y vinieron con todos los sonorenses del noroeste del estado  a viajar por todo el viejo mundo. Llevaba jóvenes a tomar cursos a La Sorbonne, adultos mayores a descubrir los países que siempre soñaron, a jóvenes lunamieleros con ansias de vivir. A la fecha recuerda con emoción cuando paseaban por Brujas en Bélgica o cuando por el barrio latino encontraba a Catherine Denueve con Marcelo Mastroianni. Conserva en la cartera la foto de cuando le permitieron sentarse en la silla de Napoleón, el grande.


La historia terminó el día en que las empresas aeronáuticas decidieron vender sus boletos en línea. Gustavo es, a la fecha, un hombre fuerte y decidido. Muy solidario con los amigos y un eterno amante de Agua Prieta, su ciudad natal. Por más provocaciones nunca le ve defecto alguno. 


Cuando terminó la etapa de la agencia de viajes comenzó la historia del restaurante japonés, el Kabuki. El mejor de Agua Prieta hasta el día en que decidió cerrarlo por falta de personal calificado. Durante muchos años lo vimos sentado en la caja observando que se atendiera a todo mundo de la mejor manera. Comías con la certeza de que la calidad era al 100% y el trato era de verdaderos amigos. Muchos vimos cerrar las puertas del Kabuki con tristeza y lágrimas en los ojos. Gustavo ya tiene 82 años y ya se siente cansado para emprender otro camino.


El Tatay siempre supo que el destino da sorpresas y nos lleva a vivir lo que quizá nunca imaginamos. Unas amistades cercanas, hace 24 años le presentaron a Jesús Caneda que había llegado de Cuba, se hicieron muy buenos amigos y hoy comparten sueños e ilusiones que a ninguno de los dos les pasaron por la mente. A estas alturas del partido solo queremos pasarla bien, me dice Gustavo. 


Disfruto muchísimo mi colección de viejas películas. Las veo, por las tardes, con mis amigos queridos, Lilí y Edgardo, con ellos comparto el gusto que desde niño tengo por el cine. Con emoción sigo disfrutando a mi artista favorita, Elizabeth Tylor. Repito cuantas veces puedo las películas que me han marcado, La Rosa Púrpura del Cairo, Cleopatra y Quién teme a Virginia Woolf, Vaquero de Media Noche.   Nunca dejo de admirar a Woody Allen y a Almodovar.


Vale decir que Gustavo Ruiz Bretón es un gran ser humano. Un hombre generoso, buen amigo, ciudadano comprometido con la ciudad que lo vió nacer, buen catador de vinos y gran gourmet. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?


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